![]() |
||
|
Maletas especiales y Bolsos a medida |
||
|
Somos una empresa especializada en la fabricación de todo tipo de
bolsos y maletas a medida. Diseñamos lo que incluso
parece imposible para guardar y transportar toda clase de objetos,
equipos, maquinaria, aparatos, utensilios variados. Llevamos más de 30 años haciendo
maletas y bolsos de encargo; nuestros clientes recurren
a nosotros cuando necesitan bolsos y maletas especiales que ningún
otro establecimiento es capaz de proporcionar. Si
quieres iniciar una historia inverosímil de maleta y publicarla aquí,
envíanos el texto a
Historias y cuentos en la maleta.
Autor:
Hans Christian Andersen Abuelita Abuelita
es muy vieja, tiene muchas arrugas y el pelo completamente blanco, pero
sus ojos brillan como estrellas, sólo que mucho más hermosos, pues su
expresión es dulce, y da gusto mirarlos. También sabe cuentos
maravillosos y tiene un vestido de flores grandes, grandes, de una seda
tan tupida que cruje cuando anda. Abuelita
sabe muchas, muchísimas cosas, pues vivía ya mucho antes que papá y
mamá, esto nadie lo duda. Tiene un libro de cánticos con recias
cantoneras de plata; lo lee con gran frecuencia. En medio del libro hay
una rosa, comprimida y seca, y, sin embargo, la mira con una sonrisa de
arrobamiento, y le asoman lágrimas a los ojos. ¿Por
qué abuelita mirará así la marchita rosa de su devocionario? ¿No lo
sabes? Cada vez que las lágrimas de la abuelita caen sobre la flor, los
colores cobran vida, la rosa se hincha y toda la sala se impregna de su
aroma; se esfuman las paredes cual si fuesen pura niebla, y en derredor
se levanta el bosque, espléndido y verde, con los rayos del sol filtrándose
entre el follaje, y abuelita vuelve a ser joven, una bella muchacha de
rubias trenzas y redondas mejillas coloradas, elegante y graciosa; no
hay rosa más lozana, pero sus ojos, sus ojos dulces y cuajados de
dicha, siguen siendo los ojos de abuelita. Sentado
junto a ella hay un hombre, joven, vigoroso, apuesto. Huele la rosa y
ella sonríe - ¡pero ya no es la sonrisa de abuelita! - sí, y vuelve a
sonreír. Ahora se ha marchado él, y por la mente de ella desfilan
muchos pensamientos y muchas figuras; el hombre gallardo ya no está, la
rosa yace en el libro de cánticos, y... abuelita vuelve a ser la
anciana que contempla la rosa marchita guardada en el libro. Ahora
abuelita se ha muerto. Sentada en su silla de brazos, estaba contando
una larga y maravillosa historia. -
Se ha terminado -dijo- y yo estoy muy cansada; dejadme echar un sueñecito. Se
recostó respirando suavemente, y quedó dormida; pero el silencio se
volvía más y más profundo, y en su rostro se reflejaban la felicidad
y la paz; habríase dicho que lo bañaba el sol... y entonces dijeron
que estaba muerta. La
pusieron en el negro ataúd, envuelta en lienzos blancos. ¡Estaba tan
hermosa, a pesar de tener cerrados los ojos! Pero todas las arrugas habían
desaparecido, y en su boca se dibujaba una sonrisa. El cabello era
blanco como plata y venerable, y no daba miedo mirar a la muerta. Era
siempre la abuelita, tan buena y tan querida. Colocaron el libro de cánticos
bajo su cabeza, pues ella lo había pedido así, con la rosa entre las páginas.
Y así enterraron a abuelita. En
la sepultura, junto a la pared del cementerio, plantaron un rosal que
floreció espléndidamente, y los ruiseñores acudían a cantar allí, y
desde la iglesia el órgano desgranaba las bellas canciones que estaban
escritas en el libro colocado bajo la cabeza de la difunta. La
luna enviaba sus rayos a la tumba, pero la muerta no estaba allí; los
niños podían ir por la noche sin temor a coger una rosa de la tapia
del cementerio. Los muertos saben mucho más de cuanto sabemos todos los
vivos; saben el miedo, el miedo horrible que nos causarían si
volviesen. Pero son mejores que todos nosotros, y por eso no vuelven. Hay
tierra sobre el féretro, y tierra dentro de él. El libro de cánticos,
con todas sus hojas, es polvo, y la rosa, con todos sus recuerdos, se ha
convertido en polvo también. Pero encima siguen floreciendo nuevas
rosas y cantando los ruiseñores, y enviando el órgano sus melodías. Y
uno piensa muy a menudo en la abuelita, y la ve con sus ojos dulces,
eternamente jóvenes. Los ojos no mueren nunca. Los
nuestros verán a abuelita, joven y hermosa como antaño, cuando besó
por vez primera la rosa, roja y lozana, que yace ahora en la tumba
convertida en polvo.
|
||
|
|